Educar para vivir, educar para convivir.

Tiene razón Naciones Unidas cuando propone como lema para la edición de este año del Día mundial contra el uso indebido y el tráfico ilícito de drogas el siguiente: “Los trastornos por uso de drogas son prevenibles y tratables”. Sabemos bien que a lo largo de las pasadas décadas, tanto en nuestro país como en otros se han ido puliendo los diversos escalones de la cadena terapéutica necesaria para dar respuesta a los distintos momentos por los que puede pasar una persona que desea abandonar una relación con las drogas que valora como nociva. Del mismo modo que sabemos que la sempiterna crisis, excusa para todo tipo de desmanes, puede acabar desbaratando buena parte de las respuestas que las instituciones públicas y la iniciativa social pusieron en marcha.

Pero centrémonos en la primera parte, la prevención, que es la que a nuestra organización convoca. Particularmente la conocida como prevención universal, sin cuya consolidación mucho nos tememos que el resto de las “prevenciones” (selectiva, indicada, ambiental) tienen menos posibilidades de éxito. La prevención nunca ha pasado por buenos momentos, sostenidos en el tiempo. Ha sido, más bien, una estrategia aleatoria por la que, en ocasiones, se apostaba, para casi desaparecer pocos años después. De las críticas de todo tipo de las que ha sido objeto, una de ellas y no la menor ha sido su dificultad para mostrar resultados objetivos, basados en la evidencia y contrastados por la evaluación experimental de programas. Frente a los “datos duros” que, de acuerdo con esa línea argumental, exhibiría la clínica. En estas evaluaciones, inspiradas en el ámbito de las ciencias experimentales, se le pide a la prevención aquello que difícilmente puede mostrar: no tanto resultados, que los hay y bien positivos, cuanto una capacidad de control de las condiciones de aplicación de los programas que resultan, como mínimo, inverosímiles.

En todo caso, la disciplina que, con aportaciones de diversa procedencia, se ha venido a conocer como ciencias de la prevención, está mostrando el potencial de los programas preventivos basados en la evidencia, diseñados de acuerdo con criterios pedagógicos adecuados e implementados en la práctica según criterios razonablemente estandarizados (que garanticen, por otra parte, la necesaria, inevitable y aun deseable flexibilidad, aunque esto dificulte la evaluación “académica”).

Sí, la prevención universal funciona. Especialmente cuando se integra en procesos de salud comunitaria, se olvida del miedo como estrategia, promueve el desarrollo de habilidades para la vida (que, como dijo ya en 1993 la Organización Mundial de la Salud, resultan necesarias para “afrontar las exigencias y desafíos de la vida diaria”) y se mantiene en el tiempo, contando para ello con los recursos necesarios. En esa prevención creemos. A esa prevención nos apuntamos. Por esa prevención llevamos trabajando desde la década de los 80.

Tiene razón Naciones Unidas: los problemas relacionados con los usos de drogas son tratables. Y, sobre todo, son prevenibles.


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