Educar para vivir, educar para convivir.

Cada nueva experiencia de trabajo grupal nos reitera que el camino de aprender Habilidades para la Vida se recorre a paso lento y sin un punto de destino determinado. La lentitud aparece por no tratarse de un aprendizaje inmediato y al estilo del salto con pértiga, de un solo brinco.  Además, cada día nuestro GPS personal y social se va encontrando con novedades que nos hacen cambiar de ruta, reorganizar los planes y, siempre, ir respondiendo en presente a los desafíos de la vida diaria.

Esa fue la vivencia de la semana anterior en el Cantón de Curridabat, Costa Rica. Allí estuvo EDEX, por invitación de las ocho organizaciones que promueven el proyecto de prevención de violencias en la vida de la gente joven del cantón:  Ministerio de Salud de Costa Rica, Ministerio de Educación Pública, Caja Costarricense de Seguro Social, Instituto Nacional de las mujeres, Municipalidad de Curridabat, La Fundación PANIAMOR, y la Organización Panamericana de la Salud, con el apoyo de Open Society Foundation.

Trabajamos dos días con jóvenes y tres días con las personas adultas que les acompañan en su proceso de formación en el colegio, en los centros culturales y en las organizaciones de la zona. Durante la semana caminamos paso a paso, pensando, sintiendo, actuando. Se exploró dentro de cada persona y también en el contexto en donde se vive, jugando y analizando críticamente, buscando que la semana se pareciera a la forma en que siempre las personas hemos aprendido estas habilidades, es decir socializando.

Y lo cierto es que lo logramos. Los escritos de cada persona, las palabras compartidas, los hechos colectivos de solidaridad y reflexión, entre otros, mostraron que juntos podemos aprender habilidades con intención de transformar los contextos injustos e inequitativos en los que nos desenvolvemos,  las violencias que hemos normalizado, los roles que hemos aprendido según seamos hombres o mujeres.

Mientras que el taller se iba desarrollando, al fondo del salón se gestaba una sorpresa. Allí estaba instalada el área de refrigerios y almuerzos. Cada vez que disponía de un tiempo, la mujer que tenía aquello a su cargo se sentaba y escuchaba en silencio, observaba con cuidado, pensaba, asentía, celebraba, hasta que no se aguantó más y al cerrar la sesión del jueves me dijo: “si esto lo hubiera vivido hace 20 años, no hubiera permitido lo que pasó en mi matrimonio”.

Luego, ella contó de la aceptación con que asumió el mal trato de parte de su marido, su infidelidad y descaro, las palabras con que le hacía sentir que era una mala persona, que no le merecía… Todo fue aceptado con culpa, porque sentía que no lograba ser la mujer que le pedían. Hasta que hace un año él se marchó y ella quedó deprimida, sintiendo que no tenía cómo seguir viviendo después de haber defraudado a su esposo, de no haber podido ser mujer y esposa de la forma en que la enseñaron.  Sus hijas, ya mayores, lograron cubrirla de fuerza y afecto, la sacaron de la cama, le ofrecieron confianza y así, poco a poco, se pudo desprender de esa relación de más de 20 años.

A lo largo del taller observó a las personas jóvenes y adultas aprendiendo a conocerse, a fijar límites en las relaciones, a expresar afecto, a dudar de la violencia y el sufrimiento como destino, dispuestas a emprender juntas cambios que permitan establecer mejores relaciones, más equidad y, sobre todo, derechos. Le pedí que me dejara grabar sus palabras y algunas de ellas se pueden escuchar acá: Imagen de previsualización de YouTube

Fue una grata sorpresa saber que esta mujer estuvo caminando con nosotros en el aprendizaje. Nos hizo notar que las habilidades tienen poder de contagio, que cuando una persona ve a otra que ha emprendido el reto de fortalecer sus habilidades, siente deseos de sumarse, que cuando aparece un cambio en el contexto a manera de oportunidad para expresarnos, para conocernos, se acepta con gusto, se responde positivamente a la invitación de caminar juntos y transformar aquello que impide que cada ser florezca en plenitud.

En Curridabat, Costa Rica, hay ahora un colectivo juvenil, un colectivo docente y un colectivo institucional (y una emprendedora mujer que atiende eventos), dispuestos a contagiar límites a la violencia, a propagar la equidad en las relaciones, la creatividad para relacionarnos sin prejuicios, comprendiendo que el reto no es tener privilegios sino derechos. Intuyo que ese contagio producirá pequeños cambios en el contexto que irán poniendo en duda las formas en que nos violentamos e invitando a relacionarnos en forma asertiva. Bienvenidos tales contagios, nos faltan con urgencia.


0 Comentarios | "Una sorpresa al fondo del salón"

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