Las personas llegan con dudas, pesimistas, cansadas y sin ganas. Se van, después de seis semanas, “re-entusiasmadas”, con herramientas y con posibilidades de construir con sus estudiantes, consigo mismas y con sus entornos “espacios educativos más seguros y humanos” en los cuales “poner más atención al bienestar emocional” y a la salud mental de niñas, niños y adolescentes.
Este ha sido el relato más frecuente de las cuatro ediciones del curso CON OTROS OJOS – Primaria y CON OTROS OJOS Secundaria, que entre septiembre de 2025 y abril de 2026 hemos desarrollado en colaboración con la Generalitat Valenciana y el apoyo de sus Consellerias de Sanidad y Educación, Cultura y Universidades. En efecto, de la mano del CEFIRE, hemos certificado a 252 personas docentes en el marco de la iniciativa para promover el bienestar emocional y prevenir las adicciones de niñas y niños de 6 a 16 años en su paso por la escuela. Dicha actuación es parte del Plan Valenciano de Salud Mental y Adicciones 2024-2027, en cuyo seno Fundación EDEX asume la responsabilidad de dotar a cada docente y estudiante de la Comunitat Valenciana de los recursos correspondientes a los 4 programas seleccionados para tal fin.
Hay algo que no se puede olvidar
En estos cursos, los equipos docentes exploran sus habilidades para la vida (HpV) con la misma pedagogía que les proponemos trabajar en el aula entre niñas, niños y adolescentes: con preguntas, relatos y experimentos cotidianos, creando espacios seguros para la conversación, poniendo toques de encanto que animen la participación, tejiendo con paciencia la confianza necesaria para la expresión y la escucha. Esta manera de formar en HpV se basa en recordar que solo es posible construir bienestar emocional en las escuelas incluyendo el bienestar emocional del profesorado:
“Me ha sorprendido gratamente que no fuera la típica formación dedicada a presentar unos contenidos teóricos. Ha sido una formación que realmente me ha removido por dentro y por fuera. Ha cambiado mi mirada hacia la educación, los docentes, los adolescentes, las familias y la sociedad en general”.
“A pesar de mi escepticismo inicial, he podido aprender, tanto de forma teórica como práctica, la relevancia de las competencias sociales que las habilidades para la vida nos van a poder aportar en nuestro desempeño laboral, pero también personal”.
Una de las docentes que participó en CON OTROS OJOS nos cuenta aquí cómo vivió y qué aprendió en esta formación. Sus palabras permiten comprender por qué el bienestar emocional es posible si implica directamente a sus protagonistas: niñas, niños, adolescentes, docentes y familias.
De la persona al docente
Partiendo de sus propias reflexiones, el profesorado que llega al curso va identificando, expresando y gestionando su carga de estrés que se ve reflejada en agotamiento, cansancio y desmotivación, la cual han venido normalizando y dejando pasar, como pan de cada día: “compartir con todo el grupo la carga de trabajo y burocracia que llevamos encima, me ha hecho sentir más libre y ligera para retomar la vida y la profesión. Me estoy reencontrando como persona dejándome tiempo y espacio para mí misma. Y de cara al alumnado he estado menos pendiente de resultados. Todo esto me ha hecho recordar por qué quise hacer la profesión de enseñar. Gracias por despertar de nuevo mi curiosidad y esta parte humana de la educación”.
La formación busca que, desde la vivencia, no solo desde los contenidos, descubran que la confianza, el trabajo grupal y las emociones son ingredientes que facilitan el aprendizaje. Así, en colectivo, poco a poco se van apoderando de conocimientos, herramientas y motivaciones que los llevan a iniciar “cambios leves que desatan cambios profundos”, a su medida, desde pausar, priorizar, no reaccionar impulsivamente, preguntar, escuchar, descansar y ver con otros ojos situaciones que creían de solo dos caras, descubriendo matices y más posibilidades. Todo ello de la mano de la empatía, del autoconocimiento, la expresión, la escucha y del pensamiento crítico y creativo: “las propuestas de esta formación no se centran solo en el alumnado, hacen hincapié en la importancia de que el profesorado disponga de esas habilidades para poder protagonizarlas con sus alumnos”.
Del docente al estudiante
Además de aprender estas destrezas psicosociales en sus propias vidas, los cursos incluyen la exploración de los recursos que contienen los programas educativos que los docentes aplican en cada ciclo: en primaria, Cuentos para conversar y La aventura de la vida; en secundaria, Unplugged y Habilidades para la vida – Adolescencia: “estos programas no buscan dar lecciones, sino crear espacios seguros en el aula donde el alumnado pueda expresarse, reflexionar y cuestionar sus creencias, con el profesorado como guía y acompañante”. “No se basan en sermones, sino en aprender a conversar”. “Es un programa que ‘no huele a medicina’ pero cura”. Lo mejor es que humaniza el aula. Te permite conocer a tus alumnos más allá de las notas de mates o lengua”. “Para mí el mayor acierto es la propuesta que nos hace a no juzgar (“esto está mal”) sino que nos invita permanentemente a preguntar (“¿cómo te sientes tú?”). Eso permite que el debate en el aula sea real, no una suma de respuestas de manual para darle gusto al profe”.
Tras realizar pruebas en el aula, se van identificando miedos, aciertos y retos propios que pueden contrastarse y complementarse con los del resto de colegas. Así van fortaleciendo su experiencia, descubriendo que no se trata de más carga académica sino de un conjunto de recursos para enriquecer su labor docente:
“Descubro que educar en habilidades para la vida no es un añadido al currículo sino un pilar esencial. Cuando el aula se convierte en un espacio donde se aprende a escucharse, a discrepar con respeto y a comprender las propias emociones, no solo estamos enseñando contenidos, estamos formando personas”. “No se espera que todo salga perfecto en la primera implementación; lo relevante es observar, ajustar y seguir. Esa actitud de ensayo reflexivo me parece una de las claves más valiosas que extraigo de todo el recorrido hecho en esta formación”. “En el aula estamos aprendiendo, no solo enseñando”. “La verdad es que esta formación me ha abierto bastante la mente para hacer cosas con mi alumnado de secundaria”. “Me ha gustado mucho que no se busca que cambien los estudiantes a partir de una charla sobre drogas, sino que gradualmente, entre todos, vamos adquiriendo herramientas, destrezas para afrontar desafíos como ése y otros”. “Descubrí que confiar más en ellos genera autonomía y participación auténtica”. “Estas herramientas me hacen sentir más capaz y confiado para enfrentar nuevos retos, aunque sé que no siempre es fácil”.
Del aula a las familias
Cuentos, álbumes de cromos, dibujos animados, guías, son algunos de los recursos con los que se busca que las familias también sean parte de la enseñanza – aprendizaje del bienestar emocional, no para que repliquen lo hecho en la escuela sino para que se complemente: trabajos distintos, objetivos similares. En CON OTROS OJOS se da espacio también para experimentar cómo vincular a las familias usando los distintos recursos:
“Muchas familias pensaban que “ya escuchaban”. “Solo cambiando el tono y dejando más espacio para que los hijos e hijas se expresaran, la conversación fue más profunda de lo que esperaban”. “Ese pequeño cambio ha sido suficiente para que sus adolescentes se sintieran más próximos a sus padres, al menos que no reaccionaran de forma “agresiva” y se abrieran un poco más”. “Esta práctica me recordó que no buscamos familias perfectas, sino espacios de diálogo auténtico y progresivo. “Acompañar a las familias también implica, escucharlas a ellas”.
Con un plan maestro
Al terminar el curso, además de lo aprendido, cada persona se lleva su propio plan diseñado acorde a sus posibilidades y necesidades. Se trata de un plan maestro porque es el propio, que ha surgido de la experiencia vivida en el curso, de la lectura creativa y crítica del contexto, de sus propias necesidades, del análisis de los programas, de la inspiración recogida entre colegas, con fechas que dejan abiertos los espacios en las agendas y con actividades a desarrollar en cada encuentro. Tienen la suficiente flexibilidad para adaptarse y la suficiente fortaleza para sostenerse:
“Hice mi plan buscando que chicas y chicos participen activamente, se expresen con libertad, escuchen a sus compañeros y aprendan a dialogar de forma constructiva”. El objetivo es buscar un mejor clima dentro del aula”. “Como docente, a veces sentimos que debemos tener todo perfectamente planificado, pero con este proceso hemos recordado que educar también implica adaptarse, probar, equivocarse y volver a intentar”. “No buscamos explicarlo ni saberlo todo sino habilidades y maneras de enriquecer la comprensión propia y ajena a través de la conversación”.
Sin juicio y con otros ojos
Finalmente, llega el momento de la despedida, y las evaluaciones se inundan de una sincera gratitud. Los participantes en los cursos de formación se marchan reconociendo que no se llevan un manual de instrucciones, sino una invitación al autodescubrimiento y una caja de herramientas flexible para la vida dentro y fuera del aula:
“Tengo la esperanza de que ahora mis alumnos se vayan a casa con ganas de volver al día siguiente”. “Me ha gustado tener microtareas que realizar durante el curso: foros, experimentos, reflexiones, etc. Todo esto me ha permitido mantenerme conectado y compartir con otros compañeros”. “He podido evolucionar desde una perspectiva del aprendizaje más tradicional, a un aprendizaje mucho más emocional, gracias a las habilidades que hemos trabajado durante todo el curso”. “Me ha hecho reconectar con esa vocación de lo que considero educación, que es dejar salir, hacer aflorar toda la riqueza que cada niño, niña y persona tiene dentro de sí”.