¿Qué tienen en común las especias y las habilidades para la vida? Este fue el editorial que escribí para el Boletín V2 (1) del Instituto PROINAPSA UIS, publicado en agosto de 2026, que ahora compartimos en nuestro blog.Uno de los motores de las expediciones que desde Europa llegaron a América, hace más de 500 años, fue la búsqueda de especias. Su capacidad de transformar los alimentos motivó la búsqueda de una nueva ruta hacia las Indias, prometiendo nuevos sabores, aromas y colores para la comida diaria. Ese motor histórico sirve para hablar del tema que hoy nos ocupa.
En el campo de la salud tenemos muchos y muy buenos “alimentos”. Hablo de programas de prevención de adicciones, de educación integral de la sexualidad y de promoción de la convivencia, sólo por mencionar algunos que por sí mismos tienen contenidos altamente nutritivos para una sociedad. Los tres tienen en común un conjunto de “especias” que les aportan otro sabor, les otorgan aromas y colores que invitan a poner la atención en ellos.
Esas “especias” son las Habilidades para la Vida (HpV) que a lo largo de la historia de la humanidad hemos venido cultivando; destrezas que nos han permitido cuidarnos y conocernos con creatividad, dudar de la costumbre para inventar otra manera de ser, comprender el punto de vista ajeno para cooperar o aprender a leer los mundos emocionales y fortalecer nuestras inteligencias.
Ese saber antiguo se convirtió en objeto de estudio en el siglo pasado, por su capacidad para prevenir riesgos psicosociales, promover salud y convivencia. En 1993, la Organización Mundial de la Salud OMS convocó un equipo científico que, tras examinar diversos estudios y experiencias, los organizó y sintetizó en la Iniciativa de Educación en Habilidades para la Vida.
Han pasado 33 años y el activo intercambio de estudios y prácticas nos ha ido mostrando algunas certezas claves: se aprenden entre personas, en colectivo; necesitan pedagogías en donde el saber se construya, no se transmita; aumentan su potencia cuando se usan metodologías activas y participativas que implican a las personas. Tienen tanto sentido en los años escolares como en cualquier otro escenario y momento de interacción como la familia, la calle en donde vivimos, las prácticas deportivas o el mundo laboral.
Cada experiencia ratifica que estas HpV se comportan como “especias”, que solas no “alimentan”, pero sumadas a otros saberes, los potencian; permiten que cuando dos o más personas o grupos colaboran, alcancen un resultado superior al que habrían obtenido actuando por separado. Este es, quizás, el principal saber que hemos cultivado en estos años.
Decir que las HpV son sinérgicas tiene sentido desde varios puntos de vista: lo son en el aula, en donde cada vez más se abordan a partir de situaciones cotidianas (en donde varias tienen presencia y se enriquecen), y no a manera de compartimentos que exploran cada una por separado. También en su relación con distintos programas sociales de desarrollo, prevención de riesgos y promoción de la salud, a los que aporta la temperatura adecuada para la apropiación de sus contenidos. Sinérgicas también en el campo de las políticas públicas en donde articulan iniciativas de distintos sectores de gobierno, alcanzando resultados superiores a los que se obtendrían por separado.
Este boletín abre un espacio para seguir aprendiendo unas personas de otras, contando lo que hacemos, leyendo lo que otras hacen, para que la conversación nos muestre las muchas posibilidades que encierra el uso de estas habilidades para crear entornos y relaciones más equitativas y justas, menos desiguales. Sólo intercambiando podremos disfrutar de nuevos saberes, o “sabores” para el caso de esta metáfora.
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