Educar para vivir, educar para convivir.

Cinco lustros después de que pusiéramos en marcha los primeros programas de prevención escolar de las drogodependencias, la prevalencia de los consumos de alcohol y otras drogas en niñas y niños resulta inaceptable. Para no cansar con datos, recogidos en múltiples encuestas en las que se pone de manifiesto la elevada prevalencia de los consumos, confiamos resulte elocuente traer algunos referidos al alcohol para el caso vasco: la mitad de la población escolar entre 14 y 15 años consume alcohol; entre 1992 y 2012, la población de 15-18 años abstemia durante los fines de semana se redujo de un 81,3% a un 47,6%; y alrededor de 1/3 de la población adolescente de 15-18 años consume alcohol en exceso los fines de semana.

En efecto, a las puertas de la conmemoración del XXV Aniversario de la aprobación por NN.UU. de la Convención de los Derechos del Niño, es notable el grado de incumplimiento de su artículo 33, donde se recoge que los menores de 18 años han de ser protegidos del uso de estupefacientes y sustancias psicotrópicas. Las todopoderosas industrias del alcohol, del tabaco y del narcotráfico se suman con agrado a la celebración.

La escuela: espacio para la prevención

 Mientras las encuestas señalan, de manera reiterada desde hace veinte años, a la educación en la escuela como la acción más valorada entre las diversas acciones para resolver el problema de las drogas, sufrimos una apreciable desinversión en materia de prevención escolar, acompañada de cierta desafección hacia la misma por parte de algunos profesionales, al decir de los cuales “la prevención universal no ha funcionado”.

 ¿Qué será lo que no ha funcionado? ¿Cuál es la calidad de la prevención escolar que desarrollamos? ¿Cuántas educadores y educadores comprometidos son dejados en la estacada? ¿Cuánto invertimos en prevención? ¿Cuántas administraciones públicas pueden hacer gala de implementar con rigor y continuidad políticas de reducción de la demanda de drogas dirigidas a los menores? ¿Cuántas de las organizaciones que estamos por la labor protagonizamos actuaciones carentes de evidencia acerca de su efectividad potencial, a pesar de que la Academia cada vez nos ilumina más al respecto? Son éstas algunas de las preguntas que habremos de hacernos.

Porque, en efecto, es en la aplicación de programas escolares, también en el caso de aquellos provistos de un adecuado enfoque, donde no hemos hilado fino, con notables excepciones, naturalmente. Bien es cierto que la Escuela no ha estado en las mejores condiciones para acoger nuestras propuestas, zarandeada de manera continuada  por el vaivén de caducas leyes educativas, y asaeteada por los apóstoles de tan variadas transversales que competimos por atravesar las cubiertas/fortaleza de los libros de texto de las asignaturas evaluables o por forzar el corsé de las sesiones de 50 minutos.

Una Escuela desde cuyas instancias superiores de responsabilidad se nos señala la puerta de servicio, la reservada a los extraños que llaman, con frecuencia a deshoras, enviados por departamentos de Drogodependencias,  Sanidad,  Juventud, Acción social, o cualquiera sabe. Una Escuela en cuya base encontramos, a pesar de todo, un apreciable colectivo de educadores sensibles a la problemática asociada al abuso de drogas que aplican programas de prevención,  a quienes no siempre capacitamos adecuadamente, acompañamos con la continuidad necesaria, ni reconocemos suficientemente.

Programas éstos que para alcanzar su mayor efectividad potencial probablemente hubiesen requerido más cuidadosa aplicación de la mano, entre otras medidas, de una más adecuada articulación institucional, financiación, continuidad y compromiso por parte de las comunidades.

¿Del todo vale al nada sirve?

De unos años a esta parte, cuando el dinero invertido en prevenir el abuso de alcohol, tabaco  y las demás drogas entre escolares merma en paralelo con el desinterés social por el tema que las encuestas señalan, mientras la disponibilidad es alta y la percepción del riesgo baja, pudiera suceder que con el agua sucia del todo vale “contra” las drogas de los años 90 y siguientes, arrojemos por el desagüe del fregadero programas que conceptual y metodológicamente están bien diseñados y cuentan con favorable respuesta.

Seguramente, no podemos sentirnos orgullosos de nuestra escasa incidencia a favor de políticas públicas de prevención escolar, incapaces de forjar alianzas eficaces con otras organizaciones con las que compartimos misión – acaso porque competimos por los escasos recursos o en razón de la pertenencia a redes clientelares-, ni con las comunidades, asociaciones de padres/madres o con los profesionales más directamente concernidos en materia de salud y bienestar de niños, niñas y adolescentes.  Atentos tal vez, a no morder la mano de quien nos da de comer, desprovistas muchas de las organizaciones del sector de fuentes alternativas de financiación que nos permitan dejar de comportamos con frecuencia como siervos o como cortesanos.

25 años después

 Se iniciaba el curso escolar 1989-90 cuando se hizo un hueco en las aulas de educación primaria en el País Vasco el primero de nuestros programas para la prevención escolar del abuso de drogas: Osasunkume/La Aventura de la vida. Lo creamos, implementamos y evaluamos a instancias y en estrecha colaboración con la Secretaría de Drogodependencias del Gobierno Vasco, en respuesta al mandato de la Ley sobre prevención, asistencia y reinserción en materia de drogodependencias, apenas un año después de que fuera aprobada por unanimidad. Trascurridos 25 años, cada curso escolar continúa presente en las vidas de miles de niñas y niños vascos, gracias al deseo expreso del profesorado, la aceptación de los escolares y el apoyo, menguante, del Gobierno Vasco.

Le siguieron otras propuestas educativas con igual propósito de promover la toma de decisiones autónomas e informadas sobre la salud, en esta ocasión dirigidas al alumnado de secundaria obligatoria y post-obligatoria. Las más celebradas de ellas, ¡Órdago! y Retomemos, también se aplican en nuestro país en estrecha colaboración con gobiernos locales, autonómicos y central, así como en diversos países de Latinoamérica.

Algunos de los citados programas han recibido premios y reconocimientos, logrado altos impactos, notable continuidad, han sido acreditados por la Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas, y se encuentran entre las intervenciones  destacadas como buenas prácticas en prevención por el Exchange on Drug Demand Reduction Action (EDDRA), del Observatorio Europeo sobre Drogas y Toxicomanías. A ello no es ajeno el empeño que en todo momento hemos puesto, con mayor o menor acierto, en fundamentar su diseño según la evidencia nos iba desvelando, con énfasis en el modelo de influencia social y la apuesta por el desarrollo de Habilidades para la vida.

Revisar nuestro trabajo

Y todo esto, ¿A cuento de qué viene? Ah, sí, al hilo de la necesidad que sentimos de revisar lo realizado, y de hacerlo acompañados de quienes trabajan por una prevención escolar de más calidad. En esta dirección se dirige nuestra apuesta por profundizar en enfoques prometedores como el de las Habilidades para la vida; promover el diálogo de saberes mediante iniciativas como Hackeando la prevención; actualizar y ampliar el abanico de programas contrastados que ponemos a disposición de la comunidad educativa, como es el caso de Unplugged o de Boys&Girls Plus; establecer complicidades por medio de la plataforma eDucare con el sector del profesorado que utiliza el potencial pedagógico de las TICs.

Esfuerzo continuado, igualmente, por servirnos del conocimiento disponible en la materia, como el proporcionado en la publicación Guidelines and Benuchmarks for Prevention  Programming.

Desarrollada por Department of Health and Human Services. Substance Abuse and Mental Health Services Administration (SAMHSA), Center for Sustance Abuse Prevention (CSAP) y National Center for the Advancement of Prevention (NCAP), la citada publicación adquiere la forma de completa, sencilla y práctica guía para planificar y desarrollar adecuadamente programas de prevención. Varada sobre nuestro escritorio tras su traducción hace algunos años, la ponemos a disposición de quienes no la conocen, con el título de 10 pautas para el diseño y aplicación de programas eficaces de prevención del abuso de drogas, en entregas semanales desde este lugar.


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